Tipos Infames: gentrificar o ser gentrificado
- Alberto Espinosa
- Jan 30
- 2 min read
Va a cerrar Tipos Infames. Qué es. Una librería de Madrid con ambiciones modernas, un catálogo personalizado, cuatro mesas y varias botellas de vino. Por qué cierran. Se marchan víctimas, dicen dos de sus socios, de la gentrificación. Han dado más detalles en alguna entrevista: la empresa dueña del local les ha subido el alquiler por enésima vez en los últimos años, lo que ha terminado por esquilmar los escasos beneficios que da un negocio cultural en España, empujándoles a echar la persiana. Qué pasará con el local. No lo saben, no lo sé, pero te apuesto un café de especialidad o un suculento bol de açaí a que los propietarios del sitio no están muy preocupados.

¿Quién debería estarlo? Cualquiera que dedique un rato a la semana a perderse en una novela, y voy más allá, también a escuchar un disco por placer o a ver una película con el iPhone apagado. Todo el que sienta cierto apego, por mínimo que sea, a la cultura en cualquiera de sus diferentes expresiones debería lamentar el cese de actividad de un negocio enfocado a su promoción, incluso si esto conlleva que los dueños del negocio ganen dinero.
¡Sacrilegio: libreros que quieren comer!
El cierre de Tipos Infames ha provocado debate y a él han llegado los perros de presa del propietarismo, esto es, el movimiento social que confunde el derecho a alquilar el piso vacío de la abuela con tener en cartera veinte viviendas y treinta locales en un barrio. Y esto no sólo para hacer funcionar una empresa, sino para afectar el mercado del alquiler, convirtiendo ciudadanos corrientes en esclavos que trabajan para poder tener un techo que, en ciertas ocasiones, ni siquiera plantea una mínima dignidad (esta semana escuché a Marta Jiménez Serrano hablar de Oxígeno en la Fundación Telefónica y dan ganas de agarrar la antorcha y buscarse una cueva). Es entristecedor comprobar cómo el sistema permite que podamos vampirizarnos entre nosotros. La sangre de Tipos Infames parece que nunca fue suficiente.
Hay quienes les acusan de ser los primeros gentrificadores. Llegaron hace quince años a Malasaña con un concepto de librería distinto de lo habitual: querían ofrecer vino, un lugar de charla y encuentro. Era nuevo, era hipster. Para muchos, suficiente motivo de desconfianza. Agradezcámosles a todos ellos, tuiteros o no, que nos hayan hecho comprender que la gentrificación es culpa de las librerías.
Otros han aprovechado para quitarse la careta y enseñarnos que bajo ella hay un gilipollas. Ajuste de cuentas. Lo merecen, son las auténticas víctimas: quienes un día sufrieron una mala recomendación, una palabra poco amable, un saludo no demasiado efusivo, una llamada cortante. Parece que los Tipos Infames no siempre fueron simpáticos.
¡Alegrémonos de que su proyecto se vaya al carajo porque un día no me sonrieron… a mí!
El cierre de una librería siempre es una mala noticia. Métetelo en la cabeza. Que un rentista, además, asfixie a un pequeño negocio del que viven seis o siete personas es una canallada.
Y que haya quienes, además, lo celebren es vomitivo.



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